sábado, 1 de noviembre de 2008

El Fantasma de Desesperanza II

Por Liessel

¿8 de Julio?

Siempre me tuve por un hombre entero, sensato y coherente. Me avergüenzan terriblemente mis últimas palabras en este diario, pero estaba sobrecogido por el horror. Ahora, aunque famélico y febril, me veo en la necesidad de explicarme, pues no quisiera que, cuando muera, sean las palabras de un demente las que me representen si este diario llegara a salvarse.

Me encuentro navegando a la deriva en uno de los botes del Dama de Oriente, el único que se pudo salvar del naufragio. Nadie queda de la tripulación ni del pasaje, y me encuentro solo, bajo un sol implacable, sin comida y con apenas un odre de agua que no sé cuanto podrá durar. No sé donde estoy ni consigo determinar las corrientes y los vientos que me manejan, cerca como estoy del Gran Remolino.

Vuelvo a divagar, empezaré por el principio.

A los ocho días de abandonar Costasur, con rumbo norte-noroeste para doblar Kalimdor por el norte, todos los instrumentos de navegación parecieron volverse locos. El viento roló y sopló con una fuerza inusitada para la mar tranquila que había bajo el barco. En cuanto el viento arreció, ordené soltar las escotas, pero ya era tarde y el foque se rasgó por dos puntos y quedó inutilizable. Las corrientes, que de pronto parecían girar como en un enorme torbellino, y el viento infernal acabaró por rasgar tambien la vela mayor y quebrar el mástil.

Contra todo pronóstico, la tripulación, viejos lobos de mar curtidos en mil travesías, pareció enloquecer. En lugar de afanarse a enderezar el rumbo, comenzaron a gritar y a correr, clamando a una tal "Dama Blanca" de la que jamás había oído hablar pero que, como descubrí en aquella terrible ocasión, gozaba de la devoción de los marinos. Perdimos a cuatro hombres aquella aciaga tarde, mientras el viento sacudía nuestra goleta como si fuera una hoja en las corrientes.

No sé cuando perdimos el timón, perdido ya todo resquicio de orientación en aquella extraña tormenta. Sonó un crujido, la goleta se estremeció y quedamos por completo a merced de la corriente. Tratamos de repararlo, pero fue imposible, y como tocados por el hado de la mala suerte, perdimos otros diez hombres aquel día.

Fue el bueno del doctor Oswald, que la Luz le ampare, quien nos desveló el misterio de aquella pesadilla: los vientos y las corrientes habían desviado nuestro rumbo, y mientras creíamos avanzar rumbo norte-noroeste, en realidad navegabamos al oeste y nuestro rumbo nos había acercado letalmente a las poderosas corrientes que genera el Gran Vacío por el que se derrama el mundo desde que, según explicó, fue destruido el Pozo de la Eternidad.

Ante aquella revelación, al menos ocho marinos encomendaron sus almas a la misteriosa Dama Blanca y se arrojaron por la borda, temerosos de ser engullidos por el Gran Vacío y deseándo hacer de fondo marino su última morada. Que la Luz les ampare.

Oscurece, apenas puedo escribir ya. La luz de las estrellas será un descanso y bálsamo tras el sol abrasador e implacable. Tal vez muerta hoy, si la Luz tiene piedad de mí, y no tenga que padecer el suplicio bajo el sol y las corrientes.

Sabed que siempre serví a la Corona, hasta mi último aliento. Decid a mi Loraine que la llevaré siempre en mi corazón.

Quedad con la Luz.


¿11 de Julio?

No sé cuanto tiempo ha pasado ni cuanto tiempo paso despierto entre inconsciencia e inconsciencia. Apenas queda agua y el sol continúa cayero implacable. La Luz no quiso llevarme y aquí estoy, dejándome llevar por las corrientes del mundo hasta donde tengan a bien llevarme.

Si puedo sobrellevar la espera escribiendo, escribiré.

Tras perder las velas, el mástil y el timón, y a tres cuartas partes de la tripulación, avistamos el Gran Vacío. Aquella visión espeluznante me acompaña desde entonces y no desaparece ni dormido ni despierto. El agua se derrama como si un gigante formidable hubiera abierto un inmenso agujero en el lecho marino, y tanto las corrientes como los vientos se arremolinan entorno a él, arrastrándolo todo hacia su interior. Incluso las nubes, deformadas por las fuerzas elementales, habían formado un embudo hacia el infinito, tiñéndolo todo con tintes de pesadilla.

El doctor Oswald y su hija, la dulce Livia, parecían ajenos al terror de aquella situación, inconscientes, creo yo, del peligro en el que nos encontrábamos. Ambos parecían embargados de la más intensa emoción del descubrimiento, y se afanaron a tomar notas en la cubierta cabeceante, ignorando la espuma que barría el castillo de popa cada minuto. Y fue en un precario cabeceo en que perdimos al buen Doctor, que se sumergió con el mascarón de proa para no volver a salir a la superficie.

Fue necesaria la intervención de tres hombres para evitar que la señorita Livia se arrojara al mar tras él, presa del dolor.

No tardó en realizar su deseo: cuando mandé bajar los botes de salvamento, tres de ellos fueron engullidos por el Gran Vacío, junto con el Dama de Oriente.

Yo apenas recuerdo nada más que las olas abalanzándose sobre mí y mi bote girando como una peonza en las corrientes, con aquella espiral de nubes sobre mí, como un inmenso ojo conminandome a desafiarle.

Cuanto tiempo pasó, no lo sé. Desperté aquí, bajo un sol de justicia, completamente solo y a la deriva. El Gran Vacío ha desaparecido y también sus corrientes. No hay viento que me empuje hacia costas desconocidas ni corrientes que me arrastren. Estoy solo, con la única compañía de este diario y de apenas dos tragos de agua que quedan en el odre.

Moriré mañana, lo sé.
Decid a Loraine que la quiero.


¿15 de Julio?

No queda... agua...
Señora, si existes, apiádate de mi.

Loraine, te quiero



¿¿??

La he visto. No importa si son delirios o si realmente existe, pero la he visto. Se apareció en la proa de mi bote, recortándose pálida contra el intenso azul del cielo. Ahora entiendo la devoción que sentían los marinos... Es hermosa, con una hermosura que está más allá de las palabras, como hecha de nubes, de agua y de sueños.

Me miraba y sus ojos me cegaron.
Me arrastré para besarle los pies y le rogué que me salvara, pero desapareció.

La Dama Blanca vino a verme morir, ya no queda más que esperar.

Loraine, no me olvides.