lunes, 5 de octubre de 2009

Interludio II


Echada en la cama, Imoen contemplaba pensativa el dosel que tanto le gustaba a Klode. Aunque había costado una fortuna, Imoen seguía prefiriendo dormir en el catre que tenía en el taller. Las camas blandas estaban bien para retozar en ellas, pero a la hora de dormir prefería algo más firme bajo su espalda.

La habitación seguía oliendo a ella. A pesar de los días que habían pasado desde que partió de regreso a Rasganorte y de las veces que se habían cambiado las sábanas y limpiado todo, el sutil aroma natural de Klode seguía flotando en el ambiente.

Habían sido días muy dichosos los pasados junto a ella. Imoen no recordaba haber sido tan feliz desde aquella fatídica noche en que su mundo se desintegró.

Klode había escuchado con atención todo lo que Imoen le había contado de su vida: Los días felices junto a su madre y hermana; el padre casi inexistente que aparecía y desaparecía por sus obligaciones militares; el día que nunca volvió y lo traicionada que se sintió; cómo de la noche a la mañana perdió todo aquello que tenía y acabó en el Orfanato de Ventormenta con Uñitas; cómo fue captada por el SI:7 y sometida a un entrenamiento deshumanizante, cruel y vejatorio, convertida en una herramienta más en manos de Shaw; la reaparición de su padre y hermana y el odio que sentía hacia ellos; los rumores acerca de alguien que pretendía hacerle creer que era su madre...

Habló también de sus inquietudes, sus sueños y sus deseos más ocultos. Mostró a Klode su cara más familiar e íntima, cocinando para ella, contándole historias y leyendas mientras contemplaban las estrellas hasta que la joven de piel oscura se dormía en sus brazos. Nunca antes se había abierto Imoen de esa forma ante nadie. Ni siquiera Trisaga, a quien adoraba, o Jasmine, con la que se había criado, sabían tanto de ella. No de su boca, al menos. Era perfectamente consciente del riesgo que corría al hacerlo, de la brecha que abría en su coraza exterior, pero por una vez no le importó. Klode había irrumpido en su vida como un torrente y había hecho tambalearse los pilares mismos de su existencia.

domingo, 4 de octubre de 2009

Interludio I


- Al principio no sabía qué creer. O estaba loca o intentaba tomarme el pelo.

Imoen cepillaba a Uñitas con fruición a la luz del atardecer, y el dientes de sable la dejaba hacer entre ronroneos de satisfacción.

- Imagínate la escena: Una jovencita que no parecía retener un nombre en su memoria aunque su vida dependiera de ello, con la cara marcada por una cicatriz y a la que le faltaba un ojo y, sin embargo, más hermosa y perspicaz que la más fina cortesana de Ventormenta.

El gruñido interrogativo de Uñitas no pasó desapercibido para Imoen.

- Por supuesto que no. Ni por asomo pude pensar que la cosa iría tan lejos ¿Por quién me has tomado? Sabes que no puedo permitirme esos vínculos tan estrechos.

Otro gruñido.

- Sí, me cayó bien, no pude evitarlo. Tras tantos meses buscando a Trisaga, Klode era como un oasis en medio del desierto, más aún sabiendo que Tristán estaba entre la vida y la muerte en esos momentos. Encontrar a alguien tan jovial y lleno de vida no es habitual en los tiempos que corren.

Un maullido grave.

- Sí, esos mismos días conocí a Zoë e Irinna, si mal no recuerdo, y sabes de sobra lo que pasó tanto con una como con la otra. Mi habitual “simpatía”, ya sabes. Si hubiera sido por la posadera, servidora habría acabado haciendo compañía a los peces de Theramore cualquiera de esas noches. En cuanto a Averil…Zoë, en aquellos momentos aún no me odiaba. Eso sucedió tiempo después, en Menethil, cuando acompañé a Klode a Rasganorte. Te juro que estuve a punto de azotar a esa testaruda criatura. Se puso frenética por una estúpida máscara.

Un gruñido sordo.

- ¿Eh? Sí, Klode conocía a Trisaga de antes. Ya en aquel entonces la tenía en alta estima ¿Recuerdas las cicatrices de Klode? Ésas que le van desde el rostro hasta la cadera. Trisaga fue quien la sanó lo mejor que pudo cuando la llevaron medio muerta al hospital de Shattrath. ¿Cómo podría yo suponer que Klode se iría por su cuenta a intentar rescatarla?

Un leve gemido.

- No intentes disculparme. Las voces que me atormentaban no son excusa. La culpa fue mía y sólo mía. Me fui de la lengua como una principiante recién llegada al SI:7, y cuando me quise dar cuenta ya era tarde. Supuse que Klode no me había oído, y aunque lo hubiera hecho no tenía forma de suponer lo que Klode iba a hacer. Acababa de conocerla y aún no sabía de lo que es capaz. , de la brecha que abría en su coraza exterior, pero por una vez no le importó. Klode había irrumpido en su vida como un torrente y había hecho tambalearse los pilares mismos de su existencia.

martes, 29 de septiembre de 2009

Los Templos de Desesperanza VI

Por Liessel

El mar a sus pies era liso y tranquilo como un espejo. Las breves crestas de las olas le besan los pies con suavidad mientras, con voz inquebrantable, llamaba a la otra mitad de su alma, que descansaba en las frías profundidades. La noche se cernía sobre el mar, sobre el espectro y su lúgubre canto, acechando a la huidiza luz del sol, que desaparecía detrás de las montañas y, poco a poco, con la quietud que es común a las tierras hechizadas, la oscuridad se abatió sobre Azshara.

Dolor

Vacío

Nada

Como el dolor sordo del miembro ausente.

Cuando el último rayo de sol se derramó sobre los otoñales rasgos de aquella tierra, el espectro desplegó sus alas de congoja y regresó, con paso leve sobre las aguas, hacia su santuario.

El graznido de una gaviota perdida abatió sobre su alma atormentada miriadas de recuerdos y cantó de nuevo, devolviendo a la inmensidad del océano la aterradora magnitud de su congoja.


***

El templo permanecía en silencio, acompañado por el rumor sordo de las olas golpeando los muros de blanco alabastro, y el espectro, flotando sobre la balaustrada, sintió sus alas ondeando a su espalda.

De pronto, sintió con absoluta congoja los gritos y lamentos de dos mentes enloquecidas.

- Do mandalas falla anar- murmuró, aunque sabía que aún estaban lejos- Do ri u´phol*

La pena y la culpabilidad volvieron a acuchillar su atormentada alma y de nuevo cantó, dejando que los muros de alabastro cubiertos de sal devolvieran los ecos de su lamento como miles de voces espectrales.
Cuando los gritos en su mente se intensificaron, el espectro, flotando por encima de la balaustrada, se volvió hacia las profanadoras de su santuario.
Eran dos almas mortales, frágiles como solo los humanos podían ser, tan sumidas en la materia intangible de sus alas que ora lloraba, ora rezaban para alejar, pobres criaturas, los recuerdos que se abatían sobre ellas. Llena de compasión, espectro hizo ondear sus alas y las enroscó entorno a su fantasmal cuerpo.

- No deberíais estar aquí- repitió el espectro con su voz llena de lástima al mirar a la mujer que se debatía en el suelo, presa de a saber qué locuras.- No es seguro...

Sin el peso de sus alas, la mujer atormentada consiguió reunir la entereza necesaria para ponerse precariamente en pie. Tenía el rostro desencajado de dolor, y junto a ella, la otra criatura, temblaba, tan tensa frágil como la cuerda de un arco.

- Trisaga- dijo la mujer, y el espectro suspiró con cientos de voces, embargadas de cientos de recuerdos.

- Trisaga se marchó- respondió- Solo queda Tormento.

- Te necesitamos- insistió con voz temblorosa la otra mujer.

Te necesitamos

Te necesitamos

Te necesitamos

Los muros de alabastro repitieron aquel mensaje, eclipsando por un momento los recuerdos, y el espectro supo, de algún modo, que aquello había sido importante en el pasado.

En el pasado.

- Marchaos- dijo- No deberíais estar aqui.

Las mujeres no se movieron. El espectro aferró sus alas, que pugnaban por liberarse de nuevo, sumiéndolo todo en congoja.

- Marchaos- rogó- Por favor...

La mujer de piel clara, lejos de obedecer, dio un paso al frente.

- Hazlo por Liessel.

Liessel

Aquel nombre reverberó en su interior, como una cuchillada.

- Liessel está muerta- gimió- y no va a volver...

Se ha ido, se ha ido, se ha ido, se ha ido, se ha ido....

Los ecos llenaros su torturada mente y por un momento flaqueó la determinación con la que sujetaba sus alas.

- ¡Marchaos!- gritó.

- Hazlo por Maverick- respondió la mujer más joven ¿la conocía? ¿Por qué le resultaba tan terriblemente familiar?

La mujer de piel clara pareció reaccionar ante aquel nombre y de pronto levantó la vista y dio otro paso adelante.

- Zoe- dijo, mirándola fanáticamente a los ojos- Hazlo por Zoe, Trisaga ¡Está viva! ¡Viva!

Quiso negar, recordarle que también ella había muerto, que por eso Liessel había enloquecido, que por eso todo había empezado, pero sabía que aquella mujer no mentía, lo veía en sus ojos, en su aura... veía un pequeño hilo pulsante que surgía de ella y se perdía en la inmensidad hacia el este, y supo que era verdad.

Zoe... Viva...

La fuerza de su determinación flaqueó y cayó pesadamente al suelo, dejando que por un instante, sus inmensas alas se liberaran y barrieran el templo. Acongojada, cerró los ojos y, con gran dolor, atrajo hacia sí el aura de desesperanza y temblando por la tensión, dejó que la oscuridad pasara a través de su piel hasta desaparecer. Exhausta cayó de rodillas y las dos mujeres acudieron a sostenerla.

Fue entonces, cuando la mujer más joven puso sus manos sobre ella para sostenerla, que sintió el dolor que manaba de ella, un dolor atroz que la mataba tan poco a poco que su agonía bien podría ser eterna, y movida por la compasión, casi como un reflejo inevitable, la aferró por un brazo con firmeza y cerró los ojos. Allí estaba, lo conocía, aquel mal de metal y carbón, aquel dolor que hacía que respirar fuera un suplicio. Recorrió el dolor como si fuera una senda, transcurrió por los músculos agónicos como una caricia y poco a poco, dejó que el dolor fluyera hacia ella como un manantial. Se tambaleó, abrumada por la agonía, y sintió que la sujetaban de nuevo.

Te necesitamos.

Te necesitamos.

Te necesitamos.

Desde algún lugar muy lejano, como un eco, una reverberación de luz surgió de pronto y la llenó por completo, llevándose el dolor, la angustia y el tormento... Sintió la paz recorrerla como un bálsamo y la luz inundarla como una marea, y con ella los recuerdos, recuerdos que la colmaron de agradecimiento, de entrega y entereza.... Tormento gimió en su cabeza, engullida por la luz, tratando de llevarla consigo, pero su presa fue débil y resistió. Luego la oscuridad desapareció y solo quedó luz y una inconmesurable sensación de paz.

Abrió los ojos, que de pronto eran dos pozos de luminosidad y miró a las dos mujeres que tenía frente a sí.

- Se ha ido.

La mujer de piel clara comenzó a sollozar y Trisaga percibió el alivio y el amor que surgían de ella. La recordaba....

- Tú... tú me amabas...

De la otra mujer surgió un sentimiento descorazonador y Trisaga se encogió de dolor. Quiso decirle que se equivocaba pero le costaba hablar, le costaba centrarse, y antes de que pudiera hablar, la muchacha se había puesto en pie y se había alejado de ella, perdiéndose en las profundidades del templo.

- Has vuelto...- suspiró Imoen, colmada de felicidad.

Bálsamo Trisaga, Lágrima de Plata, asintió, y sujetando su rostro con ambas manos, suavemente, depositó un beso de luz en su frente torturada, acallando las voces que la acosaban y atrayéndolas hacia sí. Gritaron en su interior, apenas unos instantes, antes de que la luz las engullera, dejando silencio donde antes había un infierno de cacofonías.


Había vuelto.


* No deberíais estar aquí. No es seguro.

Los Templos de Desesperanza V

Por Klode

Dentro del templo, todo estaba oscuro y mohoso. La atmósfera era realmente pesada, casi palpable, y un pesar infinito la empezó a inundar cada vez más. A Ella le afectó de una manera sobrecogedora. Cayendo al suelo de rodillas, agarrándose la cabeza con sus manos y murmurando cosas incomprensibles para Klode. En ocasiones, parecía estar llamando a su madre, o hablando con ella.

Se levantó de improviso, con ojos furiosos pero vacíos de nada más, y la miró con el ceño fruncido.

-¿Quién eres tú?

Klode ahogó un gemido de sorpresa y la miró sin comprender.

-S-soy yo… soy Klode…

Se acercó ligeramente para poder ponerle las manos sobre los hombros y Ella se alejó y sacó sus armas, amenazadoramente.

-¡No te acerques, monstruo!

Si le hubiera rajado de parte a parte con su mandoble, le habría hecho por seguro mucho menos daño que lo que le había infligido con esas palabras. Las lágrimas comenzaron a brotar desesperadamente de su único ojo, y se apoyó en la pared, temerosa de que la persona que quería pudiera hacerle daño.

“Que quería…. Sí…..”

Pero no le hizo nada. Volvió a la normalidad. No había sido consciente en ese tiempo de lo que había hecho, como sí… hubiera estado poseída de algún modo. Vio la expresión totalmente desolada de Klode y se acercó a ella, calmándola.

Había una posibilidad. Teniéndola tan cerca… tal vez pudiera vencer a sus temores, sus tristezas, sus desesperanzas. Ella estaba junto a ella, y le sonreía, y todo parecía disiparse a su alrededor. Reprimió unos enormes deseos de abrazarla y besarle los labios, dada la situación, ya que no hubiera sido apropiado. Y Ella la miraba de una forma…

-Klode, yo jamás te haría daño. Jamás. Ha pasado poco tiempo pero te he llegado a querer. Te quiero… como una hermana, la hermana pequeña que nunca tuve.

Y así, la esperanza se estrelló contra el suelo. Justo cuando su corazón empezaba a desplegar las alas, seguro de sí mismo, lo empalan y se lo clavan en la garganta. Así que, la posibilidad no existía. La niebla volvió a su alrededor, y una canción empezó a escucharse de fondo, tan desgarradora como las propias cuchillas que colgaban del cinto de Ella.

“Me rindo.” Ése fue el pensamiento que desencadenó la avalancha de recuerdos que le sobrevinieron. Vagamente tenía la impresión de que Ella la llevaba del brazo, conduciéndola al piso superior, pero Klode no veía nada. Nada… salvo lo que desfilaba en su mente.

Sus padres devorados. Su hermano, pidiéndola que le acompañara. Poco a poco vinieron recuerdos más profundos, más lejanos, como el desplome de la mina donde trabajó, que hizo que se le fueran pudriendo los pulmones poco a poco. Su abuelo, tan extraño como era, y tan alto, herido de guerra, con su vida saliendo a borbotones por una herida en el estómago. Y luego vino lo peor.

Torturas. El gran comandante, viniendo cada día a su celda, infligiendo su dolor con cada centímetro de su látigo… y de algo más. Su virginidad robada a la fuerza, las perversiones a las que fue sometida, el dolor… dolor… por encima de todas las cosas.

El caballero negro, con su gran espada de hielo y hierro, lanzando su estocada para matar al hombre que una vez había amado, y ella una y otra vez parando el golpe con su cuerpo. Sintiendo el mismo dolor que sintió aquella vez, la carne siendo cortada, la sangre derramada, los huesos fracturados… sintiendo como el globo ocular se le deshacía y corría por su mejilla como una lágrima espesa de su sufrimiento.

Estaba en un foso, un foso… pero había alguien que la llamaba. Miró en derredor y vio a Ur, rodeado de un halo de luz y llamas, llamándola.

“Aquí no sufrirás. Estarás con los tuyos. Vuelve, Klo, hermanita. Podremos volver a jugar.”

Klode asintió y se llevó la mano a la empuñadura de su espada, pero Ella evitó su gesto y le rogó que le diera el arma. Cogió la espada de Klode y las suyas propias y las tiró al piso inferior. Pero… ¿cuándo habían subido? No lo recordaba.

Ella la cogió suavemente y se acercaron a un recodo de la cuesta. Allí estaba… ¿esa era la sacerdotisa? Parecía un fantasma, con un halo de sombras espectral, y cantaba una canción, hermosa, en un idioma desconocido, pero empañada de tal desdicha que apretó las mandíbulas para no llevar sus manos a su propia garganta y arañarse hasta acabar con su vida.

“Un poco más… Espérame Ur… Lo haré por ella y luego iré contigo”.

Estando enfrente del espectro, Ella sucumbió. Cayó al suelo y empezó a convulsionar, murmurando, retorciéndose. El corazón de Klode se encogió. Ella la amaba, aunque la mujer no sintiera lo mismo, y no podía verla así… no podía. En su desesperación, lo único que se le ocurrió fue calmar sus propios miedos y pedir ayuda. Hizo lo que mejor sabía hacer… apelar a un poder superior a todas las cosas que había conocido. Así que se sentó junto a ella, le cogió la cabeza entre sus brazos, y acunándola, rezó.

-Santa Luz, bendíceme a mí y a Ella, haz que la tristeza se vaya.

Ella se convulsionó, arqueando la espalda, con los ojos cerrados.

-Luz Sagrada, insufla valor en mi corazón, hazme fuerte y hazla fuerte para soportar.

Abrió los ojos y habló, a Klode le pareció oír nombrar a la madre de Ella.
-Luz Bendita, disipa las sombras, aleja los demonios, hazme fuerte para vencer a la oscuridad.

Ella hablaba, pero ella no le escuchaba. Cerrado el ojo, sudando profusamente, se concentró en su plegaria, en nada más… en nada más.
-Santa Luz, aleja los demonios. Santa Luz, aleja las sombras. Santa Luz, llénanos de voluntad para hacer lo que venimos a hacer… ayúdanos.
Se incorporó a medias, mirando a Klode, y luego a la sacerdotisa.

-…ayúdanos…

Cerró los ojos y tembló, intentando recuperar las fuerzas.

-….ayúdanos.

Abrió los ojos de nuevo, más tranquila, y se levantó. Ya estaba lista para enfrentarse a su demonio. Y Klode, vacía por dentro, también.

Los Templos de Desesperanza IV

Por Klode

La caminata por la arena fue trabajosa y entrañó varias luchas con las criaturas que poblaban las aguas. Incluso tuvo la oportunidad de ver, a lo lejos, a un hijo de Nalcorcón, o algo así le contó Ella.

Klode se desplomaba a cada rato, consumida por recuerdos. Cuanto más se acercaba al templo, más recordaba. La imagen que más le torturaba era su hermano, Urdellen. Ella no había estado con su familia, porque estaba en la catedral de Ventormenta recuperándose de su enfermedad y adiestrándose en el camino de la Luz. Y cuando llegó, todos estaban muertos. Asesinados por unos malnacidos que quisieron robarle las escasas ganancias del viejo pescador. Los cádaveres de sus padres los dejaron encima de la alfombra, con la puerta abierta, a merced de las decenas de múrlocs que poblaban el lago y permitiendo que las criaturas devoraran… Pero a su hermano no. A él, lo tiraron a la chimenea. Cuando Klode llegó, aún había llamas consumiendo el cuerpo, y no dudó en sacarle de allí, con el corazón destrozado y haciéndose unas quemaduras que conservaría de por vida.

-¿Klode?

La muchacha salió bruscamente de sus pensamientos y la miró.

-¿Perdona?

-¿Estás bien? Pararemos cuando haga falta. Tienes que ser fuerte.

Klode asintió despacio.

-Estoy bien.

-¿Podrás nadar con la armadura?

La muchacha se miró y sopesó su pechera de placas.

-Tal vez si me quito la pechera, y algo más…

-Quítatelo y yo te lo llevaré.

Se dio la vuelta, muy sonrojada, y empezó a desabrocharse las hebillas que sujetaban la prieta armadura. Cuando tiró de ella, cayó pesadamente al suelo, sintiéndose muy desnuda sin ella. Se quitó las hombreras y la capa, y envolvió todo para meterlo en su mochila.

Ella estaba detrás de ella, mirándola la espalda. Seguramente, pensó Klode, viendo las múltiples cicatrices de latigazos que la recorrían. Deseaba haber pensado en dejarse la capa pero ya era tarde. Peor era la cicatriz que le recorría desde el ojo hasta la cadera, perfectamente visible también. Y entonces, Ella alzó la mano y la acarició lentamente las cicatrices, con cariño, con compasión. ¿Por qué se le aceleraba tanto la respiración? Cerró los ojos y tembló ligeramente, intentando decidir si le gustaba o le aterraba, pero pronto Ella dijo de reanudar la marcha, y el contacto paró.

No tardaron mucho en llegar a la entrada del templo. Éste era enorme, pero era obvio que llevaba abandonado muchísimos años. Aún así, los monstruos evitaban el lugar. ¿Podría ser por el aura de Trisaga? Efectivamente, la vorágine de recuerdos aumentó al pisar las primeras piedras del puente, e incluso empezó a afectarle gravemente a Ella. Escuchaba voces, y se dejaba llevar por unos sentimientos tristes que debía llevar muy adentro.

El recuerdo de Ur era demasiado vívido. Una y otra vez, lo veía en las llamas, con la piel chamuscada, y los recuerdos poco a poco se transformaban en otra cosa. En las visiones de Klode, el hermano habría los ojos y la acusaba de no haberle ayudado. En otras, le decía dulcemente que viniera con él, que era donde estaba toda su familia. Era más de lo que la pobre adolescente podía soportar.

Tal vez fue la flaqueza de la chica lo que la hizo reaccionar a Ella. Olvidando sus propios recuerdos y sus voces, calmaba a Klode y la instaba a seguir, a ser fuerte. Ésta, al verla, sacaba fuerzas de la nada y seguía con la marcha, decidida a no ser un estorbo en el momento del rescate que Ella tanto tiempo había planeado.

Los Templos de Desesperanza III

Por Klode

A medida que el terreno fue volviéndose más agreste y accidentado, a Klode le costaba más hacer avanzar a su montura, hasta el punto de decidir dejar el caballo para que éste encontrara solo su camino hacia el asentamiento elfo. La ascensión hasta un pico elevado, junto a la orilla, fue muy trabajosa y dejó a Klode extenuada y con un fuerte acceso de tos.

Como había dicho Ella, el reino de Azshara estaba poblado de criaturas muy peligrosas. Algunas apenas percibían su presencia, pero otras se declararon claramente hostiles. Llevaba casi medio día de marcha hasta que oyó la voz.

-¿Klode?

La muchacha, sobresaltada, miró en derredor unos segundos hasta advertir que el sonido provenía de su comunicador.

-Sé que me oyes, Klode.

-Mierda, pensé que lo había apagado.

Klode intentó manipular el comunicador mientras hablaba, sin fijarse por donde iba. Al final, incluso perdió pie y cayó por el acantilado, con la suerte de caer dentro del agua. Afortunadamente, sabía nadar tan bien como caminar por tierra, pero la frialdad del agua se le incrustó en el cuerpo como miles de agujas afiladas, casi dejándola sin respiración.

Mantuvo una conversación con Ella por el comunicador, diciéndola que estaba bien, que no se preocupara. Seguramente estaba muy cerca, tras sus pasos, pero no le importaba. En cierto modo, quería volver a verla. La echaba mucho de menos. Cuando pensaba en Ella… era como tener mariposas en el estómago. Sonrió, recordando algo que le había contado su madre hacía mucho tiempo.

¿Por qué pensaba ahora en sus seres queridos tan de repente? Le pareció un hecho tan extraño, que apenas se dio cuenta de que alguien se acercaba a toda velocidad por la orilla. Era Ella, por supuesto.
Saltó de su montura de sable como una exhalación y se acercó a Klode, abrazándola. La muchacha se ruborizó, muy sorprendida. ¿Por qué le había subido una ola de calor por todo su cuerpo? No sabía decirlo, probablemente por la alegría de verla.

Y ella no era la única que tenía pensamientos y recuerdos del pasado. Le dijo que Ella también los tenía, y que era obra de Trisaga. ¿Cómo podía ser posible? De todas formas, Ella dejó de resistirse, y le ofreció a Klode, por fin, ir con ella a por la sacerdotisa.

Los Templos de Desesperanza II


Un estruendo y un chapoteo acompañaron las palabras de Klode. Agua, ¿eh? Una leve presión de los muslos y Uñitas cambio de rumbo y se dirigió hacia la costa.

- ¿Klode? Kloderella. Klode.
- ...
- ¡Klode!
- Eh... estoy bien. No...no miraba por dónde iba, eso es todo.
- ¿Dónde estás? Los elfos dicen que tienes mal aspecto
- Oh, son unos exagerados. Yo... venía cansada, y ya está.
- No me lo pareció, por la descripción que me hicieron. El agotamiento no hace sangrar a la gente. Dime dónde estás.
- No recordaba que hubiera estos bichos aquí...
- ¿Qué bichos? – se oye un sonido que Imoen no identifica - Klode, dime dónde estás.
- Estoy bien, de verdad. Te... te dije que la buscaría, y lo estoy haciendo.
- Te dije que era peligroso.
- Más razón para buscarla.
- Klode, si lo que sé es cierto, no debes acercarte sola a Trisaga. Por favor.
- ¿Por qué?
- Su aura ha cambiado.
- Oh... Ojalá Ur estuviera aquí...Le echo tanto de menos...
- ¿Ur?

La respuesta de Klode estaba cargada de congoja.

- Mi hermano... No sé por qué pienso ahora en él...
- Klode, Trisaga desprende ahora desesperanza. En una persona normal es peligroso. En tu estado puede ser mortal.
- No te preocupes, ¡soy una persona alegre!
- Klode, ¿dónde estás?
- Ya te lo he dicho. Estoy buscándola.

La frase terminó con una violenta tos. Su afección iba a peor y aún no la veía en aquella maldita costa plagada de nagas. Tenía que hacer que siguiera hablando, tirándole de la lengua para descubrir dónde estaba.

- Klode, ¿qué ves alrededor?
- Veo Ashmara, claro. Madre mía, esto es un laberinto.

Una pista. La zona Sureste quizás. Tenía que lograr que le diera más pistas. La voz de Imoen se tornó dulce cuando habló otra vez.

- Descríbemelo, anda. Me gusta oírte describir cosas. Venga, cielo, dime lo que ves.
- Pu-....pu-pu..pues... es bonito...
- ¿Ves agua?

Los sonidos de lucha que inundaron el comunicador casi ahogan la escueta pero elocuente respuesta de Klode.

- Ohhh, mierda.

Imoen espoleó a Uñitas costa abajo y entonces la vio a lo lejos. Klode luchaba contra los nagas, pero tenía controlada la situación. Antes incluso de que Imoen llegara a su lado había dado cuenta de ellos.

Desmontando, Imoen se acercó a la muchacha.