lunes, 5 de octubre de 2009

Interludio II


Echada en la cama, Imoen contemplaba pensativa el dosel que tanto le gustaba a Klode. Aunque había costado una fortuna, Imoen seguía prefiriendo dormir en el catre que tenía en el taller. Las camas blandas estaban bien para retozar en ellas, pero a la hora de dormir prefería algo más firme bajo su espalda.

La habitación seguía oliendo a ella. A pesar de los días que habían pasado desde que partió de regreso a Rasganorte y de las veces que se habían cambiado las sábanas y limpiado todo, el sutil aroma natural de Klode seguía flotando en el ambiente.

Habían sido días muy dichosos los pasados junto a ella. Imoen no recordaba haber sido tan feliz desde aquella fatídica noche en que su mundo se desintegró.

Klode había escuchado con atención todo lo que Imoen le había contado de su vida: Los días felices junto a su madre y hermana; el padre casi inexistente que aparecía y desaparecía por sus obligaciones militares; el día que nunca volvió y lo traicionada que se sintió; cómo de la noche a la mañana perdió todo aquello que tenía y acabó en el Orfanato de Ventormenta con Uñitas; cómo fue captada por el SI:7 y sometida a un entrenamiento deshumanizante, cruel y vejatorio, convertida en una herramienta más en manos de Shaw; la reaparición de su padre y hermana y el odio que sentía hacia ellos; los rumores acerca de alguien que pretendía hacerle creer que era su madre...

Habló también de sus inquietudes, sus sueños y sus deseos más ocultos. Mostró a Klode su cara más familiar e íntima, cocinando para ella, contándole historias y leyendas mientras contemplaban las estrellas hasta que la joven de piel oscura se dormía en sus brazos. Nunca antes se había abierto Imoen de esa forma ante nadie. Ni siquiera Trisaga, a quien adoraba, o Jasmine, con la que se había criado, sabían tanto de ella. No de su boca, al menos. Era perfectamente consciente del riesgo que corría al hacerlo, de la brecha que abría en su coraza exterior, pero por una vez no le importó. Klode había irrumpido en su vida como un torrente y había hecho tambalearse los pilares mismos de su existencia.